miércoles, 20 de septiembre de 2006
DIEGO HURTADO DE MENDOZA
(1503-1575)

“Dicen que dijo un sabio muy prudente
que el hombre era milagro, y fue loado;
otro dijo que era árbol trastornado;
mas cada cual habló de accidente.”
Diego Hurtado de Mendoza.

LA VOZ ATREVIDA DE UN POETA GRANADINO

En el tema amoroso, incluso de nuestros días es difícil encontrar poetas tan osados como Hurtado de Mendoza, con la diferencia de que sin ser escéptico ni cínico, como tantos autores contemporáneos, se declara furibundo antipetrarquista. Es el hombre de todos los tipos y clases de mujeres, rubias y morenas, honestas y cortesanas.

“Tibio en amores no sea yo jamás... / Poco ama el que no pierde el sentido...” Y no debía ser Don Diego tibio en amores, a juzgar por el calificativo de “arcimarrano” que le dieron en Siena, siendo embajador en esa señoría, donde al parecer se una judía hermosísima, la cortesana más buscada de Italia.

Diego Hurtado de Mendoza nació en Granada a finales del año 1503. Hijo de Iñigo de Mendoza, conde de Tordesilla, y marqués de Mondéjar, descendía directamente del Marqués de Santillana, figura señera de las letras españolas. Hurtado de Mendoza, en su infancia, tuvo como compañero de estudios a Luis de Sarriá, quien después se haría célebre bajo el nombre de Fray Luis de Granada.

De Granada don Diego pasó a Salamanca, donde se dedicó al estudio de las humanidades. En 1524 nos lo encontramos en Francia y en la batalla de Pavía. De Francia pasa a Italia, a Bolonia, Padua y Roma, donde hizo amistad con los hombres más eruditos de la época, y en 1529 pide empleo al gobierno de la república de Siena. Carlos V lo ascendería muy pronto a los más altos cargos de la diplomacia y en 1536 lo encontramos de embajador en la corte de Enrique VIII, recién separado de Catalina de Aragón. En 1539 se halla de embajador en Venecia, rodeado de artistas y amigos, de lujo y manuscritos griegos, que colecciona con avidez y que posteriormente regalaría a Felipe II. En 1542 es uno de los cuatro enviados por Carlos V al Concilio de Trento, y entre los años 1547 y 1551 es embajador en Roma. En su casa recibe a teólogos y artistas, como Aretino y Tiziano, que le pinta vestido de laico. Tenía al mismo tiempo que la embajada el gobierno de Siena, república belicosa e incitada de continuo por Francia y el papa a rebelarse contra la autoridad imperial. Hurtado de Mendoza construyó una fortaleza, que pronto fue identificada como el símbolo de la opresión española, y ello obligó a Carlos V a destituirle. A su regreso a España, parece que desempeñó sin éxito alguna misión para Felipe II, quien acabó por desterrarle a Granada en 1569 después de ocho meses de encierro en la Mota de Medina por haberle sacado la espada a un caballero en la corte del rey.

Ya en Granada, don Diego se dedicó a escribir a sus amigos, y una de las más hermosas crónicas españolas, Guerra de Granada. El 14 de agosto de 1575 muere en Madrid tras la vejez serena de quien tiene un pasar decente y hace tiempo se ha hecho a no esperar nada de la vida, como demuestra la prosa modélica, serena y sencilla de su Guerra de Granada. Ante de morir donó su manuscritos y libros a la Biblioteca de El Escorial.

Hurtado de Mendoza no desdeña poner sus inspiración humanista al servicio de madrigales, sátiras procaces, chistes burlescos y epigramas contra las alcahuetas que destacan por su agilidad. “¿Qué cosa iguala a una redondilla de Garci Sánchez o don Diego de Mendoza?, dirá Lope en El Isidro. Y tampoco duda enhebrar temas realistas a formas italianas, como en el soneto “En la pared de cierto templo viejo”. Sus poesías de forma italiana y melancólica, temática amorosa o filosófico-moral están formada por una treintena de sonetos, varias canciones epístolas en tercetos y una Fábula de Adonis, Hipómenes y Atalanta que introduce la mitología en la literatura española, en octavas reales de musicalidad dura aunque tiene momentos de fluidez amena. Durante mucho tiempo se le ha atribuido erróneamente El Lazarillo de Tormes, también fue muy celebrado como historiador, hasta el punto de haber sido llamado la gran figura histórica de la España del siglo de Carlos V.

El poeta granadino usa todas las formas tradicionales del castellano, el metro de arte mayor y menor, con la necesaria y rotunda riqueza musical, y trayendo las palabras con su sabor general e incluso copiando el habla de la gente. A veces crudo en ocasiones cruel, Hurtado es capaz también de conmovernos con imágenes sensibles del que conoce el dolor y que resuenan largo tiempo después de leerle: “La vida que se pasa entre mil muertes”, o, sus reflexiones sobre el arte, que nos hechiza o embauca, o sobre la mujer, o sus reflexiones sobre el mundo, porque es todo un mundo de relaciones amorosas en suma lo que mete en sus poemas, y finalmente la sed de amor ideal que en ellos se vislumbra, ya no hay quien cure de él, como él mismo afirma, siendo ésta la paradoja de quien en apariencia lo denigra y en la práctica lo afirma, sin duda por no haberlo encontrado: “Ten amores, no amor, que es aspaviento”. Razón esta tal vez de que “su casa está donde quiera que pusiese los pies”.

Francisco Arias Solis
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La paz pide una oportunidad.

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Gracias.
Publicado por Desconocido @ 6:54
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