EUGENIO FLORIT
(1903-1999)
“Los pobres en amor, qué pobres somos.
Ya ni la tierra nos parece hermosa,
ya ni la noche, ni la tarde clara,
ni el árbol, ni la flor nos enriquecen.
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¿Quieres amor? Más quiero la riqueza
de este seguro estar en mi pobreza.”
Eugenio Florit.
LA VOZ CUBANA CON ACENTO ESPAÑOL
Las postrimerías del siglo XIX y los comienzos del XX son políticamente críticos para la isla de Cuba. Los acontecimientos históricos polarizan totalmente las energías de los cubanos o lo deprimen en la desesperanza y la amargura. La guerra de la Independencia triunfó en 1898, pero Cuba permaneció sometida económica y políticamente a los Estados Unidos. El desgobierno y la corrupción provocan momentos de desaliento, a los que tratan de poner remedio, dentro de la reivindicada libertad, gobiernos honestos de corta vida.
La renovación poética se inicia en la isla entre 1913 y 1922, inaugurando un fecundo período creativo. Entre las expresiones más significativas de la poesía pura se encuentra Eugenio Florit, del grupo de la Revista de Avance. En sus versos, de vigorosa perfección clásica, se advierte la presencia de la mejor poesía del Siglo de Oro, especialmente de Góngora en su primer momento y, más tarde de Fray Luis de León a medida que se va acentuando la angustia metafísica. Florit es culterano y clásico sobre todo en .Doble acento y en Reino. De los poetas contemporáneos, con el que más afinidad presenta es Juan Ramón Jiménez, siempre venerado maestro y a su vez, admirador del poeta cubano, hasta el punto de definirlo, en el prólogo de Doble acento, “Lengua de Pentecostés, espíritu de fuego blanco del alba y de la tarde, / ... / rayo de luz”.
Eugenio Florit nació en Madrid el 15 de octubre de 1903. Hijo de padre español y madre cubana, desde los catorce años residió junto con su familia en La Habana. En el Colegio de La Salle de esta ciudad termina el bachillerato y en la Universidad se graduó de Derecho Civil y Público, ejerciendo su profesión en un bufete de abogados. En 1940 se traslada a Nueva York destinado al Consulado General de Cuba. Allí conoce a Jorge Guillén, Pedro Salinas y Luis Cernuda con los que compartió los cursos de la Escuela de Verano de Middlebury, en Vermont. Nueva York sería el escenario de casi todo su trabajo como ensayista, crítico literario y traductor. En 1945 renuncia a su actividad diplomática para dedicarse a la docencia en la Universidad de Columbia y en el Barnard College. En 1959 realiza su último viaje a Cuba. En 1994 recibe el Premio Fray Luis de León, de la Universidad Pontificia de Salamanca y el Premio Mitre concedido por The Hispanic Society of America, en Nueva York. Eugenio Florit muere el 22 de junio de 1999.
El primer libro poético de Florit fue 32 poemas breves (1927), donde se aprecian sin dificultad las influencias clásicas, románticas y simbolistas. Trópico (1930) revela ya un poeta nuevo y original cuyo valor se confirmaría luego en Doble acento (1937) y Reino (1938). A Cuatro poemas (1940) le sigue Poema mío (1947) que reúne la poesía de Florit comprendida entre 1920 y 1944. Conversación a mi padre (1949) y Asonante final (1950) -publicado más tarde como Asonante final y otros poemas- inauguran un periodo aún más reflexivo. Gran interés presenta la colección personal de 1956, Antología poética, en la cual están reunidos poemas del periodo 1930-1955, donde se advierte una religiosidad de tendencias místicas. Otros títulos relevantes de su obra poética son: Hábito de esperanza (1965), Antología penúltima (1970), De tiempo y agonía (Versos del hombre solo) (1974), Versos pequeños 1938-1975 (1979) Donde habita el recuerdo (1984), Momentos (1985) y A pesar de todo (1987).
La poesía de Eugenio Florit desde Trópico a Doble acento refleja su nota más vital. La antigua poesía hispánica y latina funden su lección con la del Simbolismo, de Verlaine, de Mallarmé, con las sutiles sugestiones de Goethe, Bécquer, Martí, Rubén Darío y Juan Ramón Jiménez. Pero si Góngora es la fuente principal del resultado formal, fray Luis de León está presente con su idílico huerto de paz, su cielo “de luces encendido”, su incitación a levantar la mirada hacia lo alto.
La juventud, el amor en el recuerdo y en la distancia hacen más completa la soledad del poeta que, si en un principio tal vez fue tormento ahora se constituye en único bien. El poeta cubano percibe en este clima el latido de lo eterno, la presencia divina: “Cuando todo muere en el viento / sólo Dios habla”.
Francisco Arias Solis
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