LA GRAN ILUSION DE LA PAZ
“Pido
la paz y la palabra.”
Blas de Otero.
EL ERROR DE LA GUERRA
No escuches el tambor lejano, dice el poeta. Elude la tentación de la guerra. Y el que así nos habla, en este caso, es un egoísmo epicúreo. El egoísmo del que no quiere oír, ni quiere enterarse de lo que pasa. Si lo que pasa es duro, triste, amargo de saber. Es el miedo del que no quiere que turbe su paz el sonido guerrero del tambor distante. El miedo del epicureísmo verlainiano es todo lo contrario a una voluntad de paz, de justicia (dos cosas, en el fondo casi idénticas). No hay guerra justa, ni justicia guerrera. Hay paz fuerte que no es la agitación belicosa, sino la acción viva, penetrante de la voluntad y del pensamiento del hombre. Y esta acción constante, en cierto modo revolucionaria, de la paz, es un esfuerzo activo, mucho más fuerte en su contención expresiva que la débil desesperación de la guerra. Esas guerras desesperadas que fundamentan sus empeños en necesidades nacionales que no fueron suficientemente atendidas, son, en definitiva, la máscara de una impotencia nacional: es el resentido agravio; la ofensiva del débil que quiere enmascararse con el engaño de la fuerza, de la gran ilusión guerrera.
Un pueblo, como un hombre –un pueblo de hombres-, cumple su destino histórico cuando se muere. La vida de los pueblos, de los hombres, es luchar contra su propio y fatal destino: contra su destino mortal. Y esta lucha viva, creadora, es la paz; la paz y no la guerra; la paz en un grito, como el de Dante: ¡Yo voy gritando, paz, paz, paz!
Y por eso la paz del pueblo, como la paz del hombre, es la victoria contra su destino: la conquista de su libertad. Cuando a un hombre a un pueblo se le arranca su libertad, se le entrega al común destino histórico de la muerte, a la fatalidad histórica de perecer. Se le hace verdugo y suicida. La guerra es el gran suicidadero nacional de los pueblos esclavizados mentirosamente a un destino histórico que se dice glorioso, y es sencillamente guerrero, negativo de la vida, de la libertad, de la paz.
El error de la guerra es tan profundamente humano como cualquier otra pasión del hombre. Y puede que en toda pasión humana vaya implícito este esencial error de la guerra: del placer guerrero. Los pueblos debilitados por una larga pérdida de su libertad son más propensos al contagio de la pasión guerrera, porque anida en ellos con más encono el aburrimiento, el hastío de una vida sin iniciativa libre, sin noble riesgo. La gran ilusión de la guerra, que es también máscara, o al menos antifaz, del hastío, del aburrimiento mortal del hombre, apasiona a los hombres desesperados, los emborracha para arrastrarlos voluntariamente a la muerte. La guerra fue siempre patrimonio histórico de los pueblos débiles, sin libre voluntad afirmativa, creadora, de paz.
La paz se diferencia de la guerra, en que el luchar por ella no da héroes, sino mártires; en que sus víctimas, la sangre inocente de sus víctimas, no es un testimonio mentiroso de vanagloria, sino verdadero de justicia.
Escuchemos el tambor lejano para prevenirnos. Para que estemos advertidos a tiempo, y con tiempo. Para que sepamos, y podamos en lo temporal, separar la paz de la guerra. Para no hacer las paces con la guerra, ni tampoco levantar guerras con la paz. Y como dijo el poeta: “Paz en todos los hogares. / Paz en la tierra, en los cielos, / bajo el mar, sobre los mares”.
Francisco Arias Solis
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No disparar donde haya niños. Stop.
En la gloria no necesitamos más ángeles.
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