MIGUEL MARTINEZ DEL CERRO
(1912-1971)
“Sal en el habla y en el aire.
Sal en la blanca calle antigua.
¡Gracias de sal! ¡Sal de la gracia!
¡Sal de la sal de las salinas!”
Miguel Martínez del Cerro.
LA VOZ DE LA SALADA CLARIDAD
La obra de Martínez del Cerro se distingue por un perfecto oficio retórico, un prurito de claridad y sencillez y un sentido de la luminosidad al que tal vez no sea ajeno el sol y la salada claridad gaditana.
Casi siempre vital y optimista, sensorial y espiritual al mismo tiempo, Martínez del Cerro se inserta cronológicamente en la generación poética del 36, que floreció con una primera poesía de posguerra donde el culto a la forma va cediendo sitio a una creciente reivindicación al humanismo. Generación, que entre sus poetas destacan: Miguel Hernández, Juan Gil-Albert, Arturo Serrano-Plaja, Gabriel Celaya, Dionisio Ridruejo, Luis Rosales, Germán Bleiberg, Luis Felipe Vivanco y Leopoldo Panero. Dotado de una exquisita sensibilidad, Martínez del Cerro, cantó primero a su Cádiz y a su mar en versos limpios y musicales, agravando más tarde su voz cuando su poesía se hace más intimista, llegando a ser un auténtico poeta místico en pleno siglo XX.
Miguel Martínez del Cerro y Gómez nace en Cádiz el 21 de febrero de 1912. Estudia bachillerato en los marianistas de San Felipe Neri. Viaja por Francia, Suiza, Italia y Alemania. Estudia Derecho en Granada y Sevilla. Finalizada la guerra se licencia en Filosofía y Letras en Sevilla. Se dedica a la enseñanza de la Lengua y Literatura Española en el Instituto Colmuela de Cádiz, cuya cátedra obtiene por traslado desde Santa Cruz de Tenerife, pasando luego al también gaditano Instituto Femenino de Santa María del Rosario, donde permanecerá hasta su muerte, ocurrida el 11 de junio de 1971, tras una larga enfermedad.
Fue diputado provincial y delegado del Ministerio de Educación. Como tal, intervino en la organización de los Cursos de Verano de la Universidad de Sevilla en Cádiz. Colaboró en las principales actividades literarias gaditanas y en revistas como Platero, en la que colabora desde los primeros números, Caleta y otras. Frecuentó la tertulia literaria “Jarcia y Olivo”.
De su obra en prosa destaca Un paseo por Cádiz, pero lo más extenso e importante de su producción es su obra poética. Su primer libro de versos Nave de piedra, es de 1941. Senda iluminada, su segundo libro, contiene ya una poesía más personal, de un simbolismo transparente.
Recogido en un mismo volumen, aparecen dos libros en 1948: Oro y Falsa antología de cantos ibéricos. En los años cincuenta se inicia una nueva etapa mucho más intimista en la poesía de Martínez del Cerro. Será su etapa de plenitud, integrada por tres libros capitales: Pozo interior, El amigo y Mensaje desde el silencio.
La obra de Martínez del Cerro en su conjunto se nos aparece envuelta en un ropaje métrico que es casi siempre culto Desde el punto de vista de los temas la coherencia es mayor si cabe. Dos grandes núcleos de contenido se reparten casi toda la obra de este poeta. El tema de Cádiz, con su “nave de piedra”, con su mar y su bahía, se prolonga por una parte en el tema de España, su pasado, su historia y su arte y, por otro lado, en el tema del cante flamenco andaluz. Otro gran núcleo temático es el religioso.
En su verso, como sabiamente escribo Leopoldo de Luis, “la sorpresa toma forma de Luz”. Así, con mayúscula. Su, tan vivenciada, vocación profesional presta a su escritura una claridad y una ordenación expositiva que algunas veces, bordean lo didáctico. Y es que, como exclamó nuestro poeta: “¡Cómo palpita cada nombre / de amor y gozo, de ansia y pena! / Miré la lista de la clase / y me encontré que era un poema”.
Francisco Arias Solis
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