LA ULTIMA CARTA
“Cuando te voy a escribir
te van a escribir mis huesos:
te escribo con la imborrable
tinta de mi sentimiento.”
Miguel Hernández.
UN LARGO ADIOS
No he guardado, de nuestra última entrevista, ni irritación ni cólera. Puede que me sintiese dolido, pero, en cuanto a guardarte rencor, no, jamás albergué hacia ti ningún sentimiento cruel. Lo que me afligió fue que vi más que nunca la incompatibilidad innata entre nuestros dos caracteres. No son los grandes infortunios los que labran la desgracia, ni las grandes alegrías las que dan la felicidad, sino los mil detalles que forma toda una vida de calma radiante o de agitación infernal.
En la vida diaria no nos sirven para nada las grandes virtudes ni las grandes abnegaciones. El carácter lo es todo. El tuyo es irritable, lleno de brincos y sobresaltos.
Me preguntas cuales son las cosas por las que tuve que parsar antes de llegar a donde he llegado. No lo sabrás nunca, ni tú ni los demás porque no se puede decir. Deseas saber si tu imagen me viene a menudo al pensamiento. Sí, vuelve a menudo, pero ¡qué imagen! Entristecida, desolada, como una aparición que me persigue con su tristeza. Casi me he olvidado de cómo es tu risa. ¿Y tú también, quizá? Creo, no obstante, que sí hay algo que amo. Te amo a ti, por ejemplo. Pero cuando te veo tan distinta de mí, me digo: no es ella. Amo el arte pero no creo en él apenas. Amo la naturaleza y el campo me parece a menudo insulso. Me gustan los viajes y detesto moverme.
Me has dicho que, siendo como soy, debería haberme prohibido a mí mismo desde un principio todo impulso amoroso, para de este modo, evitar el sufrimiento a los demás. Es verdad, es verdad. Puedes estar tranquila, eres la última. Pero, he de resaltar lo siguiente: y es que jamás podremos separarnos de buen humor sino que siempre lo haremos descontentos el uno del otro. Debes de saber, de una vez por todas, que yo nunca me burlé de ti, y nunca me burlé de nadie sino de mí mismo, en ocasiones; nunca te engañé. Creo que jamás engañé a nadie. Al contrario, siempre fui yo la víctima del engaño. Burlarme de ti, ¿por qué iba a hacerlo? No, puedes estar tranquila y, en el caso de que dudes de mi amor, al menos no dudes de mi respeto. Acaso esta palabra te parezca ridícula, pero encierra una verdad intensa y profunda. Sí, el amor que tú me profesas me inspira respeto. Eres tú la primera y la única a quien he visto amarme como lo has hecho, de una manera tan dolorosa y al mismo tiempo tan intensa.
Por lo demás, me hacía falta aire. Me ahogaba desde hacía algún tiempo. Me preguntas si soy más feliz, no me quejo. Y si experimento menos desilusiones; tampoco tengo ilusiones. Francamente, nunca padecí muchos desengaños en la vida porque nací con una provisión mediocre de ilusiones. Cuando uno cuenta con poco, siempre se sorprende de lo que encuentra.
Me pides que te olvide por completo. Podría fingirlo pero, en el fondo, no sería cierto. Yo te había entregado el fondo y tú querías también la superficie, la apariencia, la atención, todo lo que yo me empeñé por hacerte comprender que no podría darte.
Si vuelvo a verte, seré el mismo de siempre. Si, por el contrario, mi carta no obtiene contestación, será pues, una adiós, un largo adiós. Pensaremos seguramente, uno en el otro, y nos enviaremos con el alma deseos mudos y ternuras secretas. Y luego todo eso pasará y nosotros también. Pero cuando necesites a un amigo, acuérdate de mí, y en las grandes ocasiones de dolor piensas también en mí. Que seas dichosa.
Francisco Arias Solis
e-mail: aarias@arrakis.es
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La peor paz es mejor que la mejor guerra.
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Gracias.