miércoles, 11 de octubre de 2006
MIGUEL HERNÁNDEZ
(1910-1942)

“Llegó con tres heridas:
la del amor,
la de la muerte,
la de la vida.”
Miguel Hernández

LA VOZ DEL SOLITARIO CABRERO DEL VERBO APASIONADO.

“El recuerdo de Miguel Hernández –decía Pablo Neruda- no puede escapárseme de las raíces del corazón”. Y añadía: “Su rostro era el rostro de España, cortado por la luz, amigado como una sementera, con algo rotundo de pan y de tierra”.

Este poeta verdadero llamado por Juan Ramón Jiménez “el sorprendente muchacho de Orihuela” en unas elogiosas palabras, tuvo la maniática preocupación de conseguir una poesía sin contemplaciones, sin miramientos. Su poesía está llena de las realidades que vio y sufrió junto a su pueblo.

Miguel poseía la perfección poética. De su libro El rayo que no cesa, dijo Rafael Alberti: “Verdadero rayo deslumbrador, revelador, de poeta nativo, sabio”.

Es posible que andando el tiempo el historiador que quiera dar voz expresa a la anónima del pueblo, acuda a los poemas de Miguel Hernández, que estuvo desde el primer momento al lado del pueblo y murió siendo pueblo.

La voz de Miguel Hernández no cesa de cantar. El lo había dicho: “Moriré como el pájaro cantando”. Una sola y dilatada voz herida. Voz y música, que susurran su poesía. Voz vieja y nueva del pueblo. Voz de siempre. Voz trepadora de altura que vuelve a las veredas de todos los campos a cantarle a todo el mundo la verdad con su grito y encender los cielos luminosamente con su poesía . Su voz, siempre nueva. ¡Como que es la voz divina, por humana del pueblo mismo! Del pueblo, decimos, como un solo hombre y como un hombre solo. Nadie mejor que él supo sintetizar las aspiraciones y sentimientos del pueblo. Y el pueblo fue la fuente viva de su poesía.

Su nombre se nos aparece plenamente arraigado en el pueblo y por eso mismo plenamente solo con él. Solo como el mar; el terrible mar popular por el que nació y al que se entregó como río, dándole a ese mar vivo la corriente pura de su lenguaje nuevamente rejuvenecido, eternamente recién nacido: con revolucionaria permanencia.

Miguel Hernández, solitario cabrero del verbo apasionado, aquí y allí, está eternamente vivo. Es el defensor sonoro del corazón de España. Estará muerto él, como una guitarra salvaje, bajo la tierra seca, pero su raza como su poesía, estarán siempre en la memoria viva del pueblo.

A la selecta raza de los inermes pertenecía Miguel Hernández. Inermes porque carecen de la malicia necesaria para engañar, de crueldad para herir, de servilismo para adular, de vanidad para exhibirse, de codicia para llegar a tener, de estupidez para corear... No tuvo ni el apetito de ser admirado. Supo, incluso, ver las humanas bajezas con más lástima y pena que desprecio. Ni siquiera huyó de los hombres; murió siendo un militante de la causa del pueblo.

Honda, pura voz del poeta, música cadenciosa y dilatada; sombría y clara como voz de agua, que es de lluvia o de gotear en la piedra; de llanto y de risa; de súplica, de rezo, de gozo, de amor y de nostalgia. Voz que dice el más puro y hondo pensamiento, el que siente, el que canta. Voz de sangre. Música de corazón y de estrellas. La voz de España. Voz de tu pueblo. Como la copla en la guitarra, mi garganta, mi pensamiento y mi corazón la guardan. Compañero del alma, compañero.


Francisco Arias Solis
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La peor paz es mejor que la mejor guerra.

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Gracias.
Publicado por Desconocido @ 23:56
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