JUAN DE LA CUEVA
(1543-1610)
“Estos que en sus poesías se apartaron
de la inventiva son historiadores
y poetas aquellos que inventaron.”
Juan de la Cueva.
LA VOZ DEL PRIMER DON JUAN
Tanto en poesía como en teatro, Juan de la Cueva representa el cruce de diversas corrientes propias del siglo XVI. Donde realmente encontramos al autor sevillano como figura esencial es el campo de la escena., si bien, en su teatro Cueva es un ejemplo más de la incertidumbre de aquella etapa, que intuía ya la nuevas formas escénicas, pero no acertaba a liberarse aún del lastre clásico. Su obra de mayor fama por motivos extrínsecos a ella misma es El infamador: en torno a su protagonista, presunto antecesor del Tenorio de Tirso y de Zorrilla, con la actuación final de Némesis, la diosa de la venganza, en vez de la estatua del comendador.
Nacido en Sevilla hacia el 1543 en el seno de una familia acomodada que procedía de la casa Albuquerque, según cuenta en Historia de la Cueva, este dramaturgo que nacionalizaría el teatro español pasó a México en 1574. Tres años más tarde regresaba a Sevilla, ciudad que con nostalgia cantará en los poemas escritos en tierra americana, para dedicarse a las letras. Vivió también en Canarias y Cuenca. Poco más se sabe de su vida pese a que gozó de gran fama: en el movedizo terreno de la leyenda se ha hablado de unos amores con Brígida Lucía de Belmonte, cuya muerte estuvo a punto de sumir al poeta en la locura. Murió hacia el 1610
En sus inicios Juan de la Cueva compone poemas petrarquistas de corte estoico; en metros tradicionales expresa mejor sus sentimientos amorosos, domésticos y literarios. Al abandonar en 1581 el teatro –entre 1579 y esa fecha compuso todas sus piezas- se lanzó muy decidido a la poesía con el Coro febeo de romances historiales (1588), donde se encuentran algunos dignos de Lope o Quevedo, la Conquista de la Bética (1603) sobre la liberación de Sevilla de Fernando III, la Historia de la Cueva, El viaje de Sannio, Los amores de Marta, Llanto de Venus en la muerte de Adonis y La Muracinda o Batalla entre ranas y ratones. De toda su obra poética lo más interesante hoy es el Exemplar poético.
Su producción dramática fue breve (14 piezas) y escrita en un lapso de tiempo muy corto: comenzó imitando a los clásicos con asuntos históricos o mitológicos como Tragedia de Ayaz Telamón, Tragedia de la muerte de Virginia y Comedia de la libertad de Roma por Mucio Escévola . Quizá el único mérito de estas piezas, además de insertar romances y ponerlos en boca de sus personajes, radique en haber tratado con gran libertad temas ya definidos y estructurados, en haberse desprendido de la imposición argumental. Al evolucionar, Cueva deja de orientarse hacia el mundo clásico para fijarse en la realidad más cercana de la historia nacional y sus crónicas, así inicia la apertura hacia un mundo nuevo en Tragedia de los siete infantes de Lara, Comedia de la libertad de España por Bernardo el Carpio, Tragedia de la muerte del rey don Sancho, Comedia del saco de Roma...; en estas piezas incrustó romances que el pueblo y espectador mismo conocía y cantaba con frecuencia. De ahí esa participación, ese contacto emotivo entre escenario y espectador, entre autor y auditorio. Cultivó también la comedia del tipo novelesco o de libre invención como La constancia de Arcelina, El viejo enamorado y El infamador.
Una obra de especial importancia de Juan de la Cueva es el Exemplar poético (1606) escrito en tercetos con la intención de hacer una preceptiva literaria en tres epístolas: la primera versa sobre el poeta, la segunda sobre los versos y la tercera sobre los géneros. Globalmente considerado, el Exemplar poético supone el primer manifiesto lopista; olvidando sus primeras obras, Cueva apuntaba teóricamente los caracteres del nuevo teatro, alabando los enredos, su carácter nacional, su independencia de las normas clásicas, la riqueza temática de las tramas y su variedad expositiva, la gracia de sus burlas, etcétera. Nos hallamos ante la preceptiva del siglo siguiente, la que hará triunfar Lope; muchos de los consejos que Cueva da, habían sido incumplidos por él, y si como autor no logró alzar a las tablas ideas tan hábiles, al menos como crítico pudo configurar todo un conjunto de reglas y cánones que habrían de ser obedecidas por los dramaturgos posteriores. Y como dijo nuestro poeta: “Cuando haya comedias, ve sujeto / al arte, y no al autor que la recita / no pueda el interés más que el sujeto. / Con el cuidado que es posible evita / que no sea siempre el fin de casamiento, / ni muerte, si es comedia, lo permita”.
Francisco Arias Solis
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