FRANCISCO ARIAS SOLIS
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DELMIRA AGUSTÍNI
“Yo muero extrañamente... No me mata la vida,
o me mata la muerte, no me mata el Amor;
muero de un pensamiento mudo como una herida...
¿No habéis sentido nunca el extraño dolor
de un pensamiento inmenso que se arraiga en la vida
devorando alma y carne y no alcanza a dar flor?”
Delmira Agustini.
LA VOZ DE UN TORRENTE ABRASADOR
¿Presagiaba Delmira en estos versos su trágico fin? Lo cierto es que se casó con un hombre vulgar y corriente, que sin duda la quería, pero que no llegó a comprenderla. Realmente debía ser muy difícil comprender a un alma tan compleja como la de Delmira Agustini. Se separaron a los pocos días, pero aún siguieron reuniéndose a hurtadillas, como amantes ilegítimos. Un día él la citó para una entrevista; la mató y acto seguido se suicidó.
No se sabe que año nació. Se dan como fechas de nacimiento las de 1884, 1886 y 1887. Federico de Onís la supone nacida, pero sin certeza, en 1890. Vivió admirada y agasajada y murió asesinada por su esposo el 6 de julio de 1914, a los tres meses de matrimonio.
“ La Nena”, como se conocía familiarmente a la poetisa uruguaya, era hija de familia rica, se había educado en el mejor ambiente para el cultivo de la poesía y de la música, sus dos aficiones dominantes. Por sus venas corría sangre de razas diversas: uno de sus abuelos era francés; otro alemán; sus dos abuelas, uruguayas. Ella era rubia y hermosa. Con un temperamento ardiente y una inteligencia precoz, soñó con exprimir de la vida los mejores zumos. Todavía adolescente, casi una niña asombró y escandalizó a la burguesa sociedad rioplatense con unos cuantos libros de versos (El libro blanco, Cantos de la mañana, Los cálices vacíos), en los que cantaba al amor. Por vez primera una mujer joven y bella, abría su corazón, y con un lenguaje tan audaz como poético y sugestivo sacaba a la luz sus más íntimos sentires. En El rosario de Eros, exclama la poetisa: “¡Mi vida toda canta, besa, ríe! / ¡Mi vida toda es una boca en flor!”
La aparición de Delmira Agustini, junto a otras inolvidables poetisas en las letras del Continente americano a principios del siglo pasado constituye uno de los hechos más notables de toda la historia de la cultura hispánica. En el coro muy nutrido, de poetisas uruguayas destacan dos voces de calidad: la de Delmira Agustini y Juana de Ibarbourou. Un signo trágico, parecido al de Delmira, presidió también la vida de Alfonsina Storni
Hay en la poesía de Agustini, que se beneficia de todas las conquistas formales del modernismo, evidentes influencias de Rubén Darío, y aún más evidentes de D’Annunzio. Pero hay también en ella un estilo personal que se caracteriza por el lenguaje tempestuoso y lleno de fuego. Sin embargo, ese torrente abrasador no ha pasado directo del corazón al poema. Antes de plasmarse en éste, ha sido filtrado por el cerebro, de modo que toda esa poesía, amasada con el barro humano más grosero, queda en virtud del arte, ennoblecida, casi purificada y transformada en materia estética de la más alta calidad. Poemas como Plegaria, Lo inefable, Mis amores, El intruso, Las alas, Desde lejos, Nocturno, La sed y el citado El rosario de Eros, merecen figurar al lado de los mejores de nuestra lengua. Y como dijo la poetisa uruguaya: “... nos velará llorando, llorando hasta morirse / nuestro hijo: el recuerdo”.
Cádiz, 28 de febrero de 2006.