EL CANTAR DE SOLEDAD ANDALUZ
“¡Ay de mí! Por más que busco
la soledad, no la encuentro.
Mientras yo la voy buscando
mi sombra me va siguiendo.”
Augusto Ferrán.
SOLEDAD DE SOLEDADES
El cantar de soledad, en el librito de Augusto Ferrán: La soledad, que prologó Bécquer, con páginas inolvidables que definen admirablemente su propia poesía, se nos ofrece, el cantar andaluz de soledad con definitiva fisonomía romántica. Este cantar de soledad es sencillo y penetrante.
El cantar de soledad andaluz –con Bécquer y Ferrán- tiene acentos de íntima lejanía. En estos dos poetas se juntan los primeros, y acaso más puros, alboreos del Romanticismo, con los últimos ecos y cadencias de que ellos son, tal vez, la más fina y honda expresión. Todo lo mejor de la poesía romántica se apura y depura en sus voces. Algún día los estudiosos de la literatura juntarán sus nombres para siempre. Para hacernos sentir mejor el sentido más sutil, misterioso, penetrante, de su íntimo y lejano cantar andaluz de soledad.
“Lo que vale en el cante- decía Manuel Torre, el famoso cantaor- es el gusanillo que se le mete dentro”. Esto es verdad del cante, como del baile y del toreo. Tres cosas que no se pueden separar. Y a las tres se les mete dentro ese “gusanillo” que decía Manuel Torres; y al que Federico García Lorca, llamó el “duende”.
“Las artes hice mágicas volando”, nos dejó dicho, con ese maravilloso verso, Lope de Vega. Las artes mágicas del vuelo; el cante, el baile y el toreo, como el toque de improvisación que acompaña al que canta hondo en la guitarra, son artes mágicas del vuelo, sin huella o trazo literal, que señalen su ruta para repetirse. Éxtasis del vuelo son estas mágicas virtudes del cante, del baile y del toreo.
¡Qué bien toreado va el toro en una “seguiriya” o “soleá”, cuando se la canta -o la baila- mágicamente, con duende! En Andalucía, a ese singularísimo cantar, que se canta y se baila solo, se llama de soledad, de soleá. ¿Y qué es bailar o cantar de verdad sino bailar y cantar solos, como torear, solo con el toro? “Yo me entiendo y bailo solo” –dice el bailaor-. Como el cantaor o el torero, aunque no lo diga. Aunque lo haga en corro o con pareja, acompañado. Porque baila solo, con su sombra. Como el cantaor, canta solo, con su eco. Como nos cantó Ferrán: “Pasé por un bosque y dije: / Aquí está la soledad... / y el eco me respondió / con voz muy ronca: Aquí está”. Y el torero torea solo, con el toro. Como dice la copla: “A mi me dejaron solo / como se deja en la plaza / al torero con el toro”. El que baila, el que canta, en andaluz, está toreando en su sombra, en su eco, ese toro misteriosísimo. Y como el torero quiere que le dejen solo con él. Para que el “gusanillo” o el “duende” se le meta dentro. Dentro de los vuelos mágicos del baile y del cante, como los de un capote invisible o muleta de torear.
Don Juan, como un torero como lo que es, en definitiva, el burlador y burlado Don Juan, grita a sus espectros y fantasmas mortales: “¡Dejadme morir en paz / a solas con mi agonía!” Este es otro canto, siendo el mismo y el mismo cuento: el de la soledad. Cantar andaluz, y romántico, de soledad. De humana y divina soledad. Soledad de soledades y todo soledad. Y es que, como dijo el poeta: “A soledades del alma / no sé si voy o si vengo / cuando soledades hallo / y soledades encuentro”.
Francisco Arias Solis
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