FRANCISCO ARIAS SOLIS
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GABRIEL CELAYA
(1911-1991)
“Mientras haya en la tierra un solo hombre que cante
quedará una esperanza para todos nosotros.”
Gabriel Celaya.
LA VOZ DE LA PAZ Y LA ESPERANZA
Gabriel Celaya es el verso que no cesa. Es una tenaz y
larga tentativa de transformar al mundo por la poesía. Es el “poeta social” por excelencia. Su lenguaje
es deliberadamente de carácter conversacional. “Lo importante -decía Celaya- no es hablar del pueblo
sino hablar con el pueblo”. Y añadía: “Démonos a los demás para ser quienes de verdad somos
Demos, al darnos, la paz y la esperanza”. Celaya asume la conciencia de las gentes anónimas que se
hallan a su alrededor y habla por ella con una actitud de solidaridad y esperanzada alegría en el futuro.
En realidad, la obra de Celaya se presenta como una gran síntesis de casi todas las preocupaciones y
estilos que forman el entramado de la poesía española del siglo XX. La huella de personalidades tan
dispares con Unamuno, Guillén o Aleixandre pueden detectarse aquí y allá, a lo largo de la extensa
producción en verso, en la que se dan cita, sin desvirtuar su decidida vocación realista, las imágenes
futuristas y las visiones surrealistas, vitalizando y nutriendo una escritura que se esfuerza en incorporar
todo lo que la tradición pone al alcance de su mano. Sin duda, Celaya es un profundo conocedor de la
poesía de su tiempo, y no debemos olvidar que su tiempo es también el de la experimentación y la
vanguardia y el de la politización del arte, el de la revolución en la literatura y el de la literatura al
servicio de la revolución.
Gabriel Celaya y Juan de Leceta son dos seudónimos
literarios de Rafael Gabriel Múgica Celaya. El poeta nace en Hernani (Guipúzcoa), el 18 de marzo de
1911. Cursa el bachillerato en San Sebastián y la carrera de Ingeniero Industrial en Madrid. Sus años
de permanencia en la Residencia de Estudiantes fueron decisivos para su formación. Casado con la
escritora Amparo Gastón, juntos desarrollaron una importante labor editorial y escribieron varios libros.
En 1935 y 1936 escribe sus dos primeros libros:
Marea del silencio y La soledad cerrada. Después deja de publicar durante diez años, aunque no de
escribir. En 1947, en San Sebastián, donde residió muchos años fundó y dirigió la colección de poesía
Norte. En 1956 deja de trabajar como ingeniero y se traslada a vivir a Madrid para dedicarse
enteramente a la literatura. Viaja a Cuba en noviembre de 1967 y participa en el Congreso de la
Cultura que tuvo lugar en La Habana en enero de 1968. En este mismo año viaja a Brasil para tomar
parte en el acto de inauguración del monumento erigido a García Lorca en la ciudad de San Pablo.
En 1936 obtuvo el Premio Lyceum, en 1957, el Premio
de la Crítica, en 1963, en Italia, el Premio Internacional Libera Stampa y en 1968, en Italia, el Premio
Internacional de Poesía Etnia-Taormina. Fue traductor de Rilke, Rimbaud y Paul Eluard. En 1986 se le
concedió el premio de las Letras Españolas, y en 1987 el Nacional de Literatura. Gabriel Celaya muere
el 18 de junio de 1991.
Hay un libro en prosa, escasamente citado, de Gabriel
Celaya, un hermosísimo libro titulado Tentativas que fue impreso en los primeros días de julio de
1936. Volviendo a leer este libro, y teniendo presente toda la obra posterior de Gabriel Celaya,
Tranquilamente hablando, Las cosas como son, Las cartas boca arriba, Cantos iberos, Lo demás
es silencio, Las resistencias del diamante, El corazón en su sitio, Lo que faltaba, Música celestial,
De claro en claro, Poesía urgente, Capos semánticos, Trilogía vasca, El mundo abierto..., no hay
más remedio que pensar que toda esta inundación de versos, que gritan o que claman, que quieren
poner “las cartas boca arriba”, que tratan de producir una agitación moral para el entendimiento del
sufrir y el esperar humano, no son sino un intento de salvar el humanismo, la realidad pura del arte, la
unamuniana tragedia hambre de inmortalidad.
Celaya escribió también novelas, como Lázaro calla y
Lo uno y lo otro; ensayos, como Exploración de la poesía, Los espacios de Chillida y Memorias
inmemoriales.
La poesía de Celaya tiene el sortilegio de lo que ha sido
creado entre las cosas naturales. Esta poesía del pueblo tiene ese sello de lo que debe vivir a la
intemperie soportando la lluvia, el sol, la nieve, el viento. Es poesía que debe pasar de mano en mano.
Poesía que ha sido golpeada, que no tiene la simetría griega de los rostros perfectos. Tiene cicatrices en
su rostro alegre y amargo. Poesía verdadera sin más. Poesía que es como un grito que permanece en el
aire. “Son gritos en el cielo”, nos dice el poeta.
La evolución de Celaya hacia la estética del
compromiso es muy clara y auténtica. Celaya pasa a la participación, impulsando la corriente de lo qe
se ha dado en llamar poesía social, poesía al servicio de algo, concebida -en sus propias palabras-
como una “herramienta para transformar el mundo”.
FRANCISCO ARIAS SOLIS