Jueves, 10 de julio de 2008

 

 

JEAN RACINE

(1639-1699)

 

                                                                       

“En la tragedia solo conmueve lo verosímil”.

Jean Racine.

 

LA VOZ DEL ESPIRITU CLASICO

 

Veintiocho años tenía Racine cuando obtuvo un triunfo decisivo con la representación de Andrómaca, que pareció una revelación por lo patético de la obra, el modo de pintar las pasiones, y la elegancia del estilo. Estas cualidades serán ya las que le distinguirían en la que se consideran como sus tres obras maestras. Atalía, Fedra y Británico. Atalía es de asunto sagrado, está tomada de la Biblia, y a pesar de ese origen no mereció más que respeto a Voltaire, quien la calificó de maravilla, como también lo era para Boileau. Para Schlegel, no es sólo la obra más perfecta de Racine, sino que, de todas las tragedias francesas, es la que “libre de amaneramientos, más se acerca al gran estilo de la tragedia griega”. Fedra está tomada de Eurípides, pero en tal forma que el asunto queda renovado y el papel de Fedra concentra en él toda la atención, como para que, al representarlo, puedan desarrollar sus más altas facultades las mejores actrices. En Británico, quien la facilita a Racine los materiales es Tácito, el  pintor de Nerón, y el severo cuadro histórico que el autor francés nos ofrece es fiel y vigoroso.

 

Racine tenía la costumbre, que tanto se ha censurado después a un poeta español, Quintana, de escribir primero sus obras en prosa, para verlas así desnudas, sin adornos, y no sentirse, a veces, dominado y desviado por el consonante. “La tengo ya hecha: no me falta más que ponerla en verso”, parece que solía decir. Y, sin embargo por esos versos, que por fuerza habían de resultar más o menos fríos, artificiosos, es por lo que muchos le han puesto en las nubes, aun como poeta lírico, y le han comparado con el mismo Virgilio, para algunos es el primer lírico de Francia, además de ser el más perfecto de sus trágicos. Los tiempos cambian y hoy quizá no obtendría tantos elogios de las independientes generaciones nuevas.

 

Nadie ha pintado mejor que él los sentimientos: el amor, sobre todo, con todos sus matices, ternura ingenua, pasión imperiosa, deseo perverso, delirio fatal, con sus celos, arrebatos, sus inquietudes, sus melancolías, sus sacrificios, sus amarguras y sus crímenes. Ha sido Racine el primero que en todas las literaturas haya concedido tanta importancia al amor y que haya hecho ver con tal plenitud y acierto su poderío y estragos.

 

Lo mejor que creó fueron los caracteres de mujer: en eso todos están conformes. La acción solía ser en sus obras sencilla y era consecuencia de aquellos mismos caracteres, con lo cual se acercaba a lo que ocurre en la vida. A pesar de todo su estudio, sus personajes antiguos resultan hoy cortesanos franceses de su tiempo: inverosímiles por tanto. Por eso cabe decir que, así como Molière, con todo y ser su fondo tan profundamente galo, escribió para la humanidad, Racine escribió para ser un gran clásico francés.

 

 

Jean Racine nace en La Ferté –Milon, Aisne,   el 21 de diciembre de 1639 y muere en París el 21 de abril de 1699. Huérfano desde temprana edad, estudió humanidades en Beauvais y luego se trasladó a Port-Royal, donde asimiló las doctrinas jansenistas y adquirió un profundo conocimiento de la cultura griega; en 1661 se marchó a Uzès, donde cursó la carrera de teología y ocupó un cargo eclesiástico. Obtuvo la protección de Luis XIV, quien le recompensó económicamente por su oda La ninfa del Sena (1660). Habiendo renunciado a su idea de consagrarse al sacerdocio, se estableció en París, donde conoció a La Fontaine, Boileau y Molière, cuya amistad pronto se vería interrumpida por las serias desavenencias surgidas entre ambos autores.

 

Racine se inició en la escritura teatral con las tragedias La Tebaida (1664), escenificada, sin demasiado éxito, por la compañía Molière y centrada en la lucha por obtener el trono de Tebas, y Alejandro el Grande (1665), que fue acogida por el público con mucho más entusiasmo. Tras haber roto en 1665 con el círculo de jansenistas de Port-Royal, una honda crisis moral lo llevó en 1677 a reconciliarse con estos, de cuyo pesimismo fundamental nunca se había librado. Las piezas de Racine, lineales y con pocos personajes, se centran en el momento de la explosión de una situación pasional, adaptándose perfectamente a las reglas de la tragedia clásica, cuyo componente fatídico halla en él cierta consonancia con el determinismo jansenista, y poseen una extraordinaria fuerza lírica que ofrece con elevada dignidad la tormenta interior de los protagonistas. Esa simultánea capacidad de exposición de la brutalidad de las pasiones como resorte dramático de la acción y contención elegante y exquisita le convierten en uno de los más importantes trágicos modernos, entre los que también se cuenta a Corneille, con quien se enfrentó en dura competencia a lo largo de su producción. En 1673 sería nombrado miembro de la Academia francesa y más tarde historiógrafo real, pasando los últimos años de su vida alejado del teatro. Fue enterrado en el monasterio de Port-Royal.

 

Entre las obras de Racine destacan: Andrómaca (1667), que obtuvo un espectacular éxito, Los litigantes (1668), su única comedia, respuesta a los partidarios de Molière, Británico (1669), escrita expresamente para desbancar a Corneille, que era el más famoso autor teatral del momento, Berenice (1670), en la que retoma  el asunto del Tito y Berenice de Corneille, Bayaceto (1672), cuyo argumento, de implicaciones claramente políticas, gira en torno al triángulo amoroso formado por Bayaceto, Roxana y Atálida, Mitrídates (1673), Ifigenia (1674), que, centrada en la compleja figura de Agamenón, se inspira en una de las tragedias de Eurípides, Fedra (1677), su obra cumbre y, sin duda, la pieza más característica de su estilo dramático, Esther (1689) y Atalía (1691), ambas de temas bíblico. Escribió también una Historia de Port-Royal que no se publicó hasta 1767. Si bien su teatro no aportó fórmulas nuevas, es la más perfecta expresión del espíritu clásico. Y como dijo  el dramaturgo francés: “A menudo es fatal vivir demasiado tiempo”.

 

Francisco Arias Solis
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Paz y libertad. 


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Gracias.


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Publicado por Franciscoariassolis @ 23:00
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