Jueves, 21 de agosto de 2008
 

 

IVAN TURGUENEV

(1818-1883)

 

“... ¡Gogol ha muerto!.. ¿Qué corazón ruso no se conmociona

por estas tres palabras? ... Se ha ido, el hombre que ahora tiene el derecho,

 el amargo derecho que nos da la muerte, de ser llamado grande...”

Iván Turguenev.

 

LA VOZ DE INCONFUNDIBLE ORIGINALIDAD

 

Pocos años más tarde que Nikolái Gogol nacía Iván Turguenev perteneciente también a aquella generación de 1840 que mezclaba el realismo con el humanitarismo. Como figura literaria es completamente distinto a Gogol: más refinado y suave, más artista literario que él, más asequible también para lectores de países extranjeros al suyo, más occidental, y por residencia más afrancesado. Un artículo excesivamente encendido, escrito a la muerte de Gogol (1852), le costó el confinamiento durante un año. Autorizado a abandonar Rusia, se instaló en Francia y Alemania, donde siguió escribiendo hasta su muerte. Por largo tiempo estuvo representando en Francia y en otros países la literatura rusa, como gran escritor de los de primera fila entre los contemporáneos europeos. Amigo de Gustave Flaubert, Berthold Auerbach, Émile Zola, Henry James, profundo psicólogo y gran estilista, supo registrar en su obra la época que le tocó vivir con sensibilidad, sobriedad y sentido del matiz. Lamartine le llamó genio porque revelaba algo nuevo, inesperado, trascendental, algo que llevaba el sello inconfundible de la originalidad. Inglaterra, que opinaba lo mismo, le colmó de elogios, de agasajos y ovaciones hasta el exceso, en un viaje que a ella hizo, y, en general, se veía en él no sólo a un gran novelista y literato, sino la revelación de una Rusia para todos desconocida e interesantísima.

 

Iván Sergéievich Turguenev nació en Orel, el 9 de noviembre de 1818 y falleció en Bougival, cerca de París, el 3 de septiembre de 1883. Pasó su infancia en la hacienda familiar, donde estudió bajo la tutela de un preceptor. En 1833 ingresó en la facultad de filosofía de San Petersburgo y posteriormente amplió estudios en Berlín. De regreso en Rusia (1841) ocupó, por un breve espacio de tiempo, un cargo de funcionario en la administración estatal y conoció a la cantante Paulina Viardot, quien fue el gran amor de su vida.

 

En su país, los escritores estaban divididos entre dos corrientes de ideas opuestas, la de los eslavófilos, enemigos de la cultura extranjera, que consideraban nociva, y la de los occidentales, que la creían necesaria, y se enfurecían con aquel autor que imparcialmente pintaba lo que veía y no acababa de afiliarse incondicionalmente a ninguno de los dos bandos.  Unos y otros se tenían por calumniados cuando la imagen reproducida en aquel espejo no les era grata. Y esa exactitud, esa verdad en la reproducción de las imágenes, era precisamente lo que ansiaba Turguenev, en vista de un propósito social, reformador; pero conforme a su propio criterio y  no al de los demás. Sólo con el tiempo se convirtió en triunfos en su país lo que antes había sido recibido con hostilidad por la mayoría. Buscaba él, ante todo, el personaje vivo, característico, y no la idea abstracta ni el argumento cuidadosamente preparado para mantener anhelante la curiosidad del lector hasta el final. Consecuencia de ello ha sido que la colección de tipos que nos presenta, el ambiente y los pormenores felizmente observados de que los rodea, es lo que hoy nos interesa más en su obra total, una vez desaparecido ya el valor de la oportunidad que sus libros pudieran tener. No falta quien le considere en la actualidad  como un excelente cuentista, más bien que como un maestro de la novela extensa y bien construida.

 

Su primera obra narrativa importante apareció en 1844 con el título de Andréi Kolossov, pero lo que lo colocaría entre los más destacados escritores rusos sería sobre todo la recopilación de cuentos Relatos de un cazador (1852), publicados primero en la revista El Contemporáneo. Se trata de una serie de viñetas realistas acerca de la dura vida de los siervos, de un realismo sencillo y que  no gustaron a las autoridades.

 

Entre su vastísima obra destacan las novelas: Nido de hidalgos (1859), Primer amor (1860), La víspera (1860), Padres e hijos (1862), que tiene verdadera importancia, por su alcance político y social, pues en ella aparece, en su protagonista Bazarov, el tipo nihilista, palabra inventada por Turguenev y que tanto habría de usarse después; Humo (1867), traducida al castellano por Emilia Pardo Bazán, quien afirmaba que “dos genios hay  para mí  en Rusia dignos de las épocas clásicas: Puchkin y Turguenev”; Aguas primaverales (1872), El canto del amor triunfante (1881) y Clara Milic (1882); las piezas teatrales: Panes ajenos (1848), El soltero (1849), Una canción del mariscal de la nobleza (1849) y Un mes en el campo (1950); cuentos como Dos amigos (1853) y Yákov Pánsikv (1855); y las composiciones de Poemas sin rima (1882).

 

Turguenev ha sido comparado con Tolstoi y Dostoievski  y está considerado uno de los grandes novelistas de todos los tiempos. Y como nos dijo el escritor ruso: “Soy, ante todo un realista a quien sólo le interesa la verdad... Amo la libertad más que nada en el mundo”.

 

Francisco Arias Solis
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El futuro se gana, ganando la libertad.

Aviso: Se ruega a los internautas que pongan en sus páginas el logotipo o banner de Internautas por la Paz y la Libertad que figura en la URL:
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Gracias.
 

 

 


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Publicado por Franciscoariassolis @ 19:55
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